¡Por favor¡ No se meta a corrector

¡Por favor¡ No se meta a corrector

En alguna parte escribí que todo el que corrige lo hace para dársela de «sabiondo», pero no todo el tiempo es así, en el mundo editorial la corrección es una necesidad y se requiere a alguien que lo haga, a pesar de los inconvenientes que esto trae.

Mi historia como correctora editorial empezó hace más de tres años cuando me conseguí, casualmente, a una amiga diseñadora (y que conoce mi profesión y habilidades para detectar errorcitos y errorzotes) quien me pidió que revisara un libro que estaba preparando.

En un primer momento no sabía cómo dejar constancia, en el documento en Word, de los errores corregidos pues como profesora se trata solo de un bolígrafo y un cuaderno o examen, pero san Google me dio la respuesta que me envió a la pestaña revisar, (¡qué maravilla!) y desde ese momento sentí que entraba a un mundo de la corrección profesional hasta entonces desconocido.

Pero lo amateur no se quita con la pestaña «revisar», poco a poco he ido entendiendo que la corrección es un arte con muchísimos caminos e intríngulis y, por supuesto, mientras más descubres,  más profesional te haces (y no creo que eso tenga un límite).

Al tiempo de estar corrigiendo sin documento que me acredite, se me ocurrió hacer un curso on line. Qué pérdida de tiempo, el curso no pasó del tema tipográfico básico y cómo conseguir los símbolos apropiados en el teclado de la PC, y, en realidad, para eso basta el buscador. Como mínimo, en esos cursos deben tener un módulo sobre la actitud de los autores frente a la corrección: la segunda regla de Botsford, (en otro artículo escribiré sobre esto) se cumple de forma inevitable.

Bueno, para hacer el cuento corto, en este tránsito me he dado cuenta de que he aprendido ―tanto de la gente como de las reglas de la Real Academia―, lo que no había aprendido en todos los años en la universidad ―ni como estudiante, ni dando clases― y conociendo lo que conozco ahora debo decir que:

  • A diferencia de otros idiomas, el castellano está encerradísimo en un sinfín de normas y excepciones: más de mil páginas en La nueva gramática. Manual (2010), similar cantidad en el Libro de estilo de la lengua española según la norma panhispánica (2012) y en Ortografía de la lengua español ―los que más utilizo― dan fe de ello. El caso es que muchas de estas normas son desconocidas y entonces cuando los correctores hacemos una corrección, de esas que para el común son «raras», debemos explicarlas. En este ámbito continúa la tarea docente; y aunque sea un fastidio para el corrector, eso nos dice que ningún autor, por muy preparado que crea estar, debe publicar sin que su trabajo pase por los ojos de un experto.
  • He recibido «manuscritos» con historias excelentes, pero que requieren (no una caña de pescar para sacarlas del fondo) un buceo profundo, y aunque esto no es un tema de corrección, sino de edición (diferencias que podemos tratar en otro artículo); el caso es que estos cambios son los que más molestan a muchos escritores, pero no deberíamos arriesgarnos a perder una buena historia por prepotencia, y muchas veces pasa eso.
  • Al final del día ningún corrector está a salvo. No importa si en un documento se consiguen 10 867 errores, si se pasó una tilde, eso es suficiente para que se descalifique el trabajo. Así que el tema de la corrección se lleva con mano de seda y paciencia en el corazón (dos actitudes que aún no aprendo).

 

Marina Araujo

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